23
Jun
09

La Tormenta


                                  

La pequeña Esperanza deambulaba por el parque. Era un día nublado, de esos en que no hay rastros de sombra al mediodía. La ingenua niña caminaba sin rumbo, a través de las incomodas veredas abiertas entre los árboles. Hasta que se cansó, y con hartazgo y desgane, decidió sentarse. Triste, la niña miraba de un lado a otro, como buscando una cara conocida o una mano que la guiara a algún lugar más cómodo. Pero no lo encontraba. Estaba sola. En ese momento se dio cuenta que no podía estar sola mucho tiempo, sino se volvería loca y se echaría a correr hasta perderse fuera del parque y encerrarse en alguna antigua casona. Se asustó, sabía lo horrible que era estar encerrada. Entonces hizo algo, que no solía hacer muy a menudo. Pensar detenidamente no era lo suyo. Prefería que alguien le dijera donde estaba el final antes de pensarlo por ella misma. Era mejor para ella verse en un futuro planeado por otros, que asumirse responsable de sus decisiones.

Pero ya no.

Así que giró su cabeza y observó los árboles. Notó tres grandes, que eran los que daban más sombra en días soleados, pero ese día no. Eran inmensos, y estaban tan juntos que sus ramas se entrelazaban, incluso no le era posible distinguir donde empezaba uno y acababa el otro. Pero sus troncos eran muy diferentes. Uno era ancho y por sus colores, tres diferentes, se podía saber que era viejo, muy viejo. Tenía también muchas ramas caídas y una corteza en extremo seca, maltratada, se acercó y vio una parte verde, muy fresca, olía a nueva, pero al acercarse más, distinguió como la plaga, que había nacido de las partes secas se expandía por todas partes. Le dio asco y se alejó. Con cautela se acercó al segundo gran árbol. Tenía un tronco ancho también y viejo definitivamente, pero de mayor dureza, lo tocó y lo sintió frío. De sus ramas colgaban pequeñas lianas, que se aferraban a los muchos arbustos que giraban alrededor del gran árbol. En la parte posterior del tronco tenía marcada una enorme cruz. Sin embargo, tenía unas hojas capaces de guardar mucho agua y dejarla caer, lo cual permitía que los arbustos debajo de él fueran grandes y verdes, aunque el pasto a su alrededor se secaba lentamente. Se sentía segura, pero tantas lianas a su alrededor y tantos arbustos la alejaban de la parte cómoda, y sentarse en el pasto seco la incomodaba. Así que fue al tercer gran árbol. Era notablemente más joven, pero tenía un tronco más pequeño, y que contaban con dos grandes ramas que se dirigían en diferentes direcciones y que desequilibraban, como si se fuera a trozar por la mitad, el árbol. Tenía muchas hojas secas, y que tenían los trazos blancos de la plaga. A pesar de ser más joven tenía muchas hojas, pero sus ramas estaban tan dispersas que no eran suficientes para dar sombra en todo su alrededor. Su madera era pálida, casi amarillenta y no se veía confiable para recargarse.

Se notaba que carecía de agua suficiente, pues junto a él tenía dos pequeños árboles, con hojas de fuego. Estos le robaban agua y empezaban a subirse en sus raíces, aún habiendo crecido bajo su sombra. Junto a esos pequeños árboles había otros tres. Dos que apenas retoñaban y uno que al contrario se veía de un vivo color verde. Este último era alto, pero de pequeño tronco, ramas ligeras y débiles raíces, lo cual permitía que el viento lo empujara en cualquier dirección, y estando tan cerca de los grandes árboles se enredaba fácilmente en ellos. Esto le había permitido crecer, pero mediocremente. Tenía una enredadera que subía en espiral por su tronco, las hojas de esta enredadera eran todas iguales, y le quitaban toda posibilidad al árbol de crecer fuertemente, pues le robaban sol y agua. Los otros dos jóvenes retoños eran diferentes, uno se notaba por su diferente forma de crecer y de esparcirse, emanaba jovialidad y sus ramas se veían prometedoras. Pero estaba lejos de los otros árboles, solitario y sin rozones de sombra ni agua. Gastaba más energía en alcanzar a los otros y eso parecía deteriorarlo. El último no era con seguridad un árbol, pues de lejos lo parecía, pero de cerca era más un arbusto. Tenía una gran raíz, gigantesca. Esta lo proveía de agua y lo mantenía de pie. Pero su tronco era muy chaparro y sus ramas eran cortas y desviadas. Lejos de aspirar a ser un árbol. Se dirigía en la dirección que la raíz indicara. Casi siempre hacia algún árbol grande y dándole la espalda al otro.

Así notaba Esperanza sus alrededores. Seguía triste. Aunque ya sabía que no estaba sola. Se sentía aún más sola y sin cobijo. No llegaba esa mano. No encontraba el camino entre los árboles. Todos prometían sombra en tiempos soleados. Pero, no eran tiempos soleados. Era incomodo arrimarse a sus troncos. La niña se volteó y quiso seguir buscando árboles. No los había. Nunca había notado que no había más que esos árboles. Nunca lo había pensado. La lluvia amenazaba con iniciar su sonora caída. Se alejó de los árboles y en medio de un pequeñísimo espacio observó el pasto. Lo acarició. Se sentó dándole la espalda a los árboles. Pero no notó un cambio. Ellos seguían ahí. Igual que siempre. Entonces se levantó. Empezó a empujar un árbol con toda su fuerza. Pero no consiguió moverlo ni un milímetro. A los pequeños los podía empujar y se retorcían pero rebotaban entre sí, sin que se pudieran caer. Se desesperó. Decidió que no los regaría jamás, pero sabía que sus raíces eran muy grandes y podían robarle el agua al pasto y arbustos. Se sentía débil.

Esperanza, no veía bien que hacer. Hasta que descubrió que al centro de los árboles, había un rayo de sol, que se escapaba de entre las nubes y las hojas, y que se encontraba protegido del alcance de los otros árboles, protegido por unas piedras inflexibles y eternas. Se asomó, y vio tierra fresca, limpia y sin hierba. Dio un paso hacia ella. Dio otro. Sus pies en la tierra se sentían libres. Se podía mover y recargar en las piedras. Se sentía rara, como en un ambiente que no conocía. Pero que le agradaba. Sus pies empezaban a hundirse en la tierra húmeda. Cada instante, un poco más abajo. Los truenos estremecían el suelo. El viento movía furiosamente a los árboles que empezaban a perder ramas y a resquebrajarse. Pero Esperanza seguía en la tierra. Segura de que nada le pasaría.

Una tras otra, las gotas fueron dejándose caer. Esperanza permanecía inmóvil en su lugar. Las gotas se hacían más y más gruesas y pesadas. Y Esperanza las aprovechaba para refrescarse. Llegó un momento en que la lluvia fue tan tupida que nada se podía ver. Todo era un gris distorsionado con fondo musical de una pieza compuesta de estruendosa colisión interpretada por mil gotas.

Al amanecer, las nubes no eran más que blancas pinceladas hechas por error en el cielo azul. El parque olía a nuevo. Los grandes árboles lucían devastados. Las ramas rotas estaban tiradas por todo suelo, empezaban a secarse para siempre. Las hojas habían sido arrancadas por el viento. Todos los árboles lucían secos, tristes, muertos. Y, sin embargo, el pasto estaba verde, húmedo, perfumado. Los pequeños árboles fueron los primeros en caer, pues sus raíces eran malas y aunque se colgarán de los grandes árboles, estos tampoco resistieron la tormenta. Todo lucía demacrado. Todo, menos un pequeño retoño, justo en el centro de los árboles, donde la tierra limpia había dejado pasar el agua y las piedras habían protegido del viento. Ese verde y débil esfuerzo de vida, era lo único que quedaba de Esperanza y también lo único que quedaba en pie dentro del parque.

Jama

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1 Response to “La Tormenta”


  1. 1 Balarsst
    23/06/2009 en 7:07 PM

    WOW! Ahora sí me sorprendiste Jama, me gusta mucho tu forma de escribir. Espero que pase lo que relatas y los partidos políticos de México desaparezcan y el pueblo sea libre. Aunque no entendí mucho a que te refreías con el nuevo árbol que quedó al final. Espero que te refieras con ello a mis ideas políticas, pero luego hablamos de eso.

    Felicidades, escribes muy padre.

    Balarsst


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